” ODA AL PAISAJE BOQUENSE”

Articulo publicado en la Revista N, 28 de Febrero 2014

Un libro rescata la obra y el rol de los artistas alrededor de la Escuela de Arte de La Boca, que actuaban en comunidad porque así vivían.

POR MERCEDES PEREZ BERGLIAFFA

Escuela del Puerto, Escuela del Riachuelo, Grupo de Pintores de La Boca, Círculo de La Boca, todas son formas de nombrar lo mismo: a la Escuela de Arte de La Boca. En ella se basa el exhaustivo libro de Carlos Semino, La escuela de arte de La Boca. Sus grandes maestros , dedicado al grupo de artistas que durante la tercera etapa histórica del barrio, entre 1900 y 1970, creó allí una escuela artística. El autor investigó sobre ella durante diecisiete años y sí, hay una intención reivindicatoria de los artistas de La Boca por parte de Semino. El sostiene que todos los ensayos que se han escrito hasta ahora sobre el arte argentino gozan de una visión centralista; que “ninguno repara en la especificidad del complejo fenómeno artístico que dio origen, en el sur de la ciudad (de Buenos Aires) al florecimiento de una escuela de caracteres inconfundibles y propios”. Declara el autor: “La historia del arte nacional continuará escrita con un solo ojo –que no es el de un cíclope– hasta que se reexamine el papel que tuvo en ella el arte de La Boca.” El libro –de 406 páginas, gran tamaño e ilustraciones importantes– fue publicado por la Dirección General de Patrimonio y el Instituto Histórico, dependientes del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Gran parte de su riqueza proviene del uso y archivo de la más insólita variedad de fuentes; por lo tanto, la documentación reunida es riquísima, y no se limita al campo de las artes plásticas. Por ejemplo, hay datos curiosos, como el que testifica la llegada del primer transatlántico al país, el Italia. El barco atracó en 1883 en la esquina de la Avenida Pedro de Mendoza y Necochea. Hay otra información que da fe del grupo de inmigrantes genoveses que, en 1882, izó la bandera de Génova labrando, en paralelo, un acta al rey de Italia. En ella declaraba la constitución de la República Independiente de La Boca. Y en cierta forma, había razones lógicas para pensar que podían hacerlo: el barrio se encontraba en ese momento bastante aislado del resto de Buenos Aires, no tenía vías de acceso cómodas y existía ese “tragaleguas”, comenta Semino, que separaba “el centro” de la entrada al territorio boquense; dividía los Altos de San Pedro del Puente de Rosas. Este se hallaba sobre la calle Alegría, hoy calle Wenceslao Villafañe.

Mientras tanto, allí cerca, sobre la calle Suárez al 676 funcionaba La Ligure, una sociedad de socorros mutuos. En este espacio se realizó el congreso que constituyó la primera central obrera del país, la Federación Obrera Argentina (FOA), mostrando una característica fundamental de la población de La Boca: la capacidad de actuar colectivamente a través de la creación de asociaciones, ateneos, agrupaciones y hasta universidades, como en el caso de la Universidad Popular de La Boca (1917), dedicada a la enseñanza de las artes y los oficios. En ese espacio dictaron cursos, cuando eran jóvenes, Benito Quinquela Martín y Santiago Stagnaro. Más tarde fueron alumnos los artistas Oscar Capristo, Jorge Delmonte y Eduardo Mac Entyre.

Maestros, estudiosos, intelectuales, activistas perseguidos y también artistas llegaron al país en varias de las olas inmigratorias provenientes de Italia. Estas olas fueron, según Semino, cuatro: de 1820 a 1830 arribaron núcleos de personas poco numerosos, intelectuales escapando de la persecución política. De 1830 a 1852, genoveses que se instalaron en las orillas del Riachuelo. El tercer período comprende de 1861 a 1870, y otorga a La Boca un perfil multitudinario. De 1870 a 1920 llegó mano de obra rural o urbana, en general no especializada.

¿Pero cuándo nació la Escuela de Arte de La Boca? El autor es rotundo: comenzó en 1903, junto a la fundación de los cursos de la academia artística que dirigía el maestro luquense Alfredo Lazzari, en la Sociedad de Socorros Mutuos Unión de La Boca. Hubo todo un silencio del llamado “sistema del arte” de entonces, alrededor de este hecho, y también de otros. Por ejemplo con la inauguración del Monumento al Almirante Brown, emplazado en Adrogué y realizado por el artista boquense Francisco Cafferata. Fue el primer escultor argentino a quien se le encomendó un monumento (hasta ese entonces solamente los encargaban a escultores franceses o españoles). De todo esto, comenta Semino en su libro, sólo hubo silencio, inexistencia, mutis por el foro. El autor asegura que los artistas boquenses sufrieron un “bloqueo cultural”, llevado a cabo por la elite artística de la época.

Diez son los artistas de La Boca sobre los que se detiene Semino. A cada uno le dedica un capítulo: Eugenio Daneri, Alfredo Lazzari, Miguel Carlos Victorica, Fortunato Lacámera, Benito Quinquela Martín, Víctor Cúnsolo, José Desiderio Rosso, Miguel Diomede, José Luis Menghi y Jerónimo Marcos Tiglio. Prácticamente todos trabajaron de forma colectiva, pero no como una estrategia profesional sino porque ése era el método de convivencia y sobrevivencia entonces, en la comunidad de La Boca. Existía una tradición asociacionista (como bien señaló María Teresa Constantín en un trabajo relacionado) y los artistas heredaban esa voluntad de unión. Había objetivos comunes, como difundir el arte en el pueblo e impartir clases gratuitas de pintura y dibujo. Se vinculaban con las ideologías obreras de la época, muchas traídas por los inmigrantes italianos, como el anarquismo.

Entre los diferentes grupos de artistas se encontraba Bermellón. Fundado en 1918 en la antigua mansión de la familia Cichero (Av. Pedro de Mendoza 2087), fue punto de confluencia de Victorica, Lacámera y Quinquela. Pero hubo un espacio fundamental, que fue sala de exposiciones, editorial, escuela de arte, sala de conferencias y conciertos, y biblioteca especializada: la institución barrial Impulso. Fundada en 1940 y presidida por Lacámera, su objetivo fue favorecer la divulgación de las artes entre los pobladores del barrio. Allí expusieron Ramón Gómez Cornet, Jorge Larco, Héctor Basaldúa, Agustín Riganelli, Adolfo Bellocq, Emilio Pettoruti y Lino Enea Spilimbergo, entre otros.

En 1941, cuando Victorica obtuvo el Gran Premio del Salón Nacional, Impulso organizó un paseo triunfal y en carroza del artista, acompañado de Quinquela, Lacámera y De Dios Filiberto. Mientras, una banda de música los animaba. El festejo terminó con una recepción popular en el Salón de los Bomberos Voluntarios de La Boca.

Dos posiciones: la de los “humildes artistas proletarios” boquenses, como los llama Semino, que pasean en carroza a la vera del Riachuelo. Y la de los artistas de la Sociedad Estímulo de Bellas Artes, en “el centro”, preocupados por vender sus obras. A lo largo del libro, esta diálectica pendula una y otra vez, aunque el autor deja muy clara cuál es su preferencia: las voces de los extranjeros, los balcones angostos y sus jaulas con canarios, las mujeres trabajando, el puerto antiguo, los carbonarios. La lucha y obra de los artistas pobres e inmigrantes.

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